Sábado 25 de Abril de 1998




Encopresis



Martha Patricia García*


         ¿Qué es la encopresis?

        En lenguaje familiar y de uso común se define la encopresis como el niño se "hace del dos sobre su ropa", defecar fuera de un lugar socialmente aceptable. Algunos manuales especializados en niños la definen a partir de los 4 años, aunque se considera que, en promedio, un niño de 2 años es suficientemente maduro y si recibe la adecuada estimulación está listo a esa edad.

        En general, los padres de un niño encoprético hablan de este problema en voz baja y con cierta vergüenza. El niño que la padece parece encontrar dos posibilidades: o bien se inhibe y se aísla, o el lado opuesto, se olvida de las necesidades de su cuerpo y de lo que los demás piensen de él en detrimento de su sociabilización y desarrollo. Ni qué hablar del rechazo que despiertan con relación a los compañeros e incluso en la misma familia.

        La encopresis primaria es aquella en la que el niño que la padece no ha logrado nunca el verdadero control. Puede suceder que un niño que ya logró ser limpio, es decir, el control de esfínter anal, después de que vuelva a evacuar sin control sobre su ropa, a esto se le llama encopresis secundaria.

         ¿La encopresis es una enfermedad?

        No por sí misma. En ausencia de malformaciones anatómicas, anomalías funcionales y sobre todo en ausencia de estreñimiento o diarrea atribuible a causas médicas, debemos considerar que la encopresis es un síntoma, una señal de que el desarrollo del niño no se está dando en condiciones óptimas, incluso que existen condiciones desfavorables para el desenvolvimiento psíquico del niño.
        Antes de ir al psicólogo, es conveniente ponerse a pensar en las condiciones en que el niño ha crecido. No se detenga en el periodo de control de esfínteres (alrededor de los dos años, dos años y medio, aunque en las guarderías oficiales suelen iniciarlo entre el año y medio y los 2 años) sino un poco antes, cuando la madre se ocupa del cuerpo de su hijo, cuando lo bañaba, lo alimentaba, en fin con sus cuidados afectuosos y constantes, lo hacía sentir importante y querido. Y a través de todo ello y de sus palabras le transmitía que él era importante y que su cuerpo lo era también. Le mostraba cómo cuidarse y poner atención a las señales que tenía de "adentro" de su cuerpo. El hambre, el sueño, la necesidad de afecto y acercamiento eran percibidas por el pequeño y traducidas en gestos o palabras, mismas que la madre comprendía y actuaba en consecuencia, poco a poco hasta que el niño se fue tomando a cargo. El se conoce, percibe lo que le pasa, y necesita y pide ayuda que logra la independencia.

        Sucede que en los niños cuya desorganización neurológica o sin la madurez adecuada, tienen más dificultades que otros niños para captar esas señales que les envía su percepción. En estos casos debe haber una presencia materna (madre, padre o sustituto) para asistir con mayor estímulo al niño.

         ¿Fueron ésas las condiciones de desarrollo de su niño encoprético?

          Muy probablemente no. Por diversas razones que involucran no solamente las condiciones familiares sino la relación del niño con su madre, con su entorno cercano.

        Quizás ayude pensar al niño encoprético como indiferente con su cuerpo no enojado, sino simplemente no se ha hecho de él. No pensemos solamente que tiene un problema de la cintura para abajo, pensemos que su personalidad, el sentimiento de sí mismo le es un poco ajeno.

         ¿Cómo puede ayudarle?

        Primero que nada, subsane la ausencia de antes con el acompañamiento de hoy, claro que no de la misma manera.

        No convirtamos a los niños de edad escolar en bebés. Una buena actitud frente a su desarrollo e independencia siempre ayuda. Pero se puede establecer un horario junto con el niño en el que él crea que es buena hora para "ir al baño", todos los días con regularidad (es esa constancia la que él necesita) sin volverse el vigía ni el control externo del niño.

        Privilegie la palabra cuando se dirija a él, palabras que tengan sentido para ambos, pensar el asunto como un problema a resolver, con la participación de él, lo va a lograr. Las palabras de usted, él al interiorizarlas, se las apropia y puede pensar en su cuerpo, a quererse, a confrontarse y a cuidarse.

        La consulta al psicólogo es importante cuando cuesta trabajo pensar en los primeros años de vida del niño, en aquellos ya olvidados; o cuando se sabe que esos cuidados no fueron dados por diferentes causas.


*Psicóloga Psicoterapeuta Adscrita al Departamento de Psiquiatría y Medicina del adolescente.


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